En esto creo
Creer o no creer es un gran dilema. Un hombre se puede conocer por sus creencias. Por lo que cree y no cree, y el que lo hace, asume de manera inevitable un compromiso ineludible. Tremendo compromiso consigo mismo, que es el más importante de todos.
Opinar, entender, juzgar, profesar, reputar, razonar, pensar, privilegio de la especie, que te lleva a discernir, digerir o desentrañar esas cabriolas del pensamiento que te llevan a creer, o por el contario, a renegar de toda certidumbre.
Las creencias de alguien pueden definirlo, catalogarlo, distinguirlo. Tus creencias te pueden salvar o condenar. Una persona puede ser en sus creencias y más nada. Si se cree a plena conciencia, bien podría sobrar todo lo demás.
Por eso, cuando alguien cree en lo que yo creo, entonces por estar de acuerdo, se crea un lazo difícil de romper. Coincidir en las convicciones y no en el “tejemaneje”, en las poses de conveniencia o en lo “mal hecho”, es un estado ideal que conduce a la convicción.
El general Ramírez Ferreira, en su nuevo libro, hace profesión de fe en la declaratoria titular, cual si fuera de guerra, y no teme decir en lo que cree, sabiendo que al hacerlo denuncia, acusa, molesta y “hace roncha”. Yo que le conozco, sé que eso le gusta y le conforta y poco le preocupa.
Yo no pude estar como hubiese querido en el nacimiento de ese nuevo hijo de su intelecto, pero celebro su arribo a la luz, con sincero entusiasmo. Al leer sus páginas, con un dejo de retraso que, nada tiene que ver con lo cautelar, me percato enseguida de que Ramírez Ferreira cree en lo que se debe creer.
En lo que todos los dominicanos que se precian de serlo deben creer. En lo que es urgente que creamos para mantener una fe, sin la cual no podemos explicarnos como pueblo.
Esos valores y esas creencias comunes que necesitamos recrear como la sociedad que somos y estamos destinados a ser. La nación como una vocación de fervor patriótico. La nación como plebiscito cotidiano. La nación como supremo argumento y pretexto necesario.
La nación ante todo, unida en sus creencias, puesta de pie, incorporada, articulada, esgrimida en su cohesión, como un arma contra sus enemigos y como un valladar contra todas sus amenazas.
Empinado sobre una testarudez que requerimos, entre las inconveniencias personales que le pueden derivar sus posturas, el General hace suya un predicamento que se hace sistémico en sus entregas semanales. Porque el general afortunadamente, siempre habla sobre lo mismo, como si se hubiese misionado al exorcismo y escarmiento de esos demonios que debemos expulsar de una vez y para siempre.
Como si hubiese asumido la obsesión de esos profetas coléricos que castigan a nivel de conciencias despropósitos, canalladas e inconductas.
Para algunos Ferreira debiera callarse y no escribir más. Su palabra escarmienta las bajas pasiones y el egoísmo. Lo que escribe ese general acusa, mortifica y escarmienta.
Para otros la “necedad” del general ese que escribe “pendejadas” sobre la patria, debe acabar de una vez por todas, porque molesta, incomoda y sobre todo, despierta remordimientos, y que bueno que sea así.
Para los ciudadanos consientes, Ferreira escribe honestamente lo que cree. Declara sus creencias y este rasgo de integridad debe premiarse con el aplauso. Ferreira no teme. El general tampoco se intimida y debemos leer sus cosas, porque de ser fundamentalmente sincero, el general cree en lo que debe creer, y sobre todo, cree en lo que debe ser.
Soto Jiménez: Artículos 2009

