Frases
‘‘Por desesperada que sea la causa de mi Patria, siempre será la causa del honor y siempre estaré dispuesto a honrar su enseña con mi sangre’’.
Juan Pablo Duarte
‘‘Vivir sin Patria es lo mismo que vivir sin honor’’.
Juan Pablo Duarte
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El mal sueño del profeta
Desde tiempos inmemoriales la profecía ha estado ligada con el poder, como si ambas cosas fueran consustanciales a una misma cuestión, como si se alimentaran ambas entre sí, complementándose entre ellas. Sirviéndose una de la otra, supuestas potestades, que siempre han marchado por los tiempos juntas, “mancornadas”.
Es pues, relación que se pierde en la noche de los tiempos, llegando hasta nosotros quizá con otros nombres, pero con la misma vocación aparentemente utilitarista de subordinarnos, cautivándonos la ilusión, como si propinara poder misterioso conocer el futuro o fingir que se es capaz de conocerlo.
Es la gracia del arcano, el gran truco de los hados y los astros, de los ensoñadores, de los que dicen que sueñan su sueño y se los cuentan a los demás, como para convencerlos de algo o acondicionarlos.
Los profetas han caminado siempre de la mano de los políticos, y no precisamente por lo acertado y veras de sus dones, sino por la articulación provechosa de sus supuestas gracias, debidamente manipuladas, para troncharnos la voluntad y cautivarnos la esperanza.
Profetizar es predecir, pronosticar, desentrañar el porvenir, hacer creer que se conoce lo que va a pasar, ya sea por inspiración divina, por indicios o por intuición, según nos aclara el diccionario, por maña vieja o deseo de truquear.
El profeta es el que predice, el que anuncia por adivinación, o suposición lo que va a suceder en el mañana. Alguien que adivina el futuro y parece que, los que gobiernan requieren de eso que sugestiona a las masas, por su aparente clarividencia, esos adivinos de siempre que captan signos, señas, y señales.
Adivinar, tener el don, palabra que viene del latín “divinus”, porque captan el mensaje de la divinidad, ya sea estando asociados a la deidad o al destino, esa fuerza aparentemente ciega, que legitima el poder en la superstición de la gente.
Pitias, sibilas, arúspices y nigromantes, nos han creado desde siempre, con los mismos argumentos, las condiciones para soportar y sufrir el poder y sus desmanes, y es la inevitabilidad del hado lo que nos amansa el coraje y nos inocula la resignación ante lo inexorable con cualquiera de sus afeites.
Las Pitias en Delfos, las Sibilas en Roma, y los textos aquellos que solo consultaban y conocían los monarcas. Los arúspices que consultaban las entrañas de los animales donde estaba el futuro conveniente para “joder” al prójimo.
Presagios amañados del poder y sus conveniencias, razones de estado. Nigromantes que veían lo que pasaría evocando e invocando los muertos por interpuestas personas.
Toda esa cuestión fascinante, vaticinios y augures que necesitan los que mandan para justificar sus intimas convicciones y sus planes insospechados.
Ahora, después de tanto tiempo e historia, es un tanto diferente, nada de Calcantes, pitones, trípodes, color de viseras y pájaros protervos. Nada de posición de los astros, ni estrellas flamígeras. Nada de sueños, ensueños, pesadillas.
Visionarios, visionados. Futuristas que evocan la sociedad del futuro. Futurólogos que hacen los mismos pronósticos basados en supuestos criterios, lógicos y científicos en pos de la vieja conveniencia.
La futurología tremenda ciencia, que recoge todo “un conjunto de investigaciones” con la intención antigua de predecir acontecimientos futuros, políticos y sociales. Es la vieja y aviesa función de los pronósticos para el poder y el mando.
El Presidente Fernández en el tabernáculo de su Fundación Global recientemente ha profetizado. Sobrecogido por el trance de la lógica del poder, augura el despegue hacia el desarrollo que hace tiempo esperamos, claro está, con la alianza de los sectores empresariales, porque esos sectores deben avalar las predicciones, que anuncian sus vallas alusivas.
Con la magia de un verbo que cautiva cual melisma que adormece, maneja su ritual, por encima de la crisis evidente que vive la nación.
Su optimismo tiene la certeza de la profecía del oficiante, que cae irritante en la incredulidad de la gente que sufre las crisis que vive la nación.
Pero eso no importa, el profeta lo ha visto entre sus sueños de estadista, y como el brujo del merengue de Cuco Valoy, parece repetir sin descanso: “Yo digo lo que veo”, lo que quiero ver, lo que es conveniente que los demás vean, lo que se tiene que ver, mientras el profeta en su mal sueño hace la transición hacia sí mismo.
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