Frases
‘‘Por desesperada que sea la causa de mi Patria, siempre será la causa del honor y siempre estaré dispuesto a honrar su enseña con mi sangre’’.
Juan Pablo Duarte
‘‘Vivir sin Patria es lo mismo que vivir sin honor’’.
Juan Pablo Duarte
Historia
¿Por qué Quinta República? Una justificación Histórica
“Quinta República” es mucho más que el nombre de una fundación o de un movimiento político. Es un estado de conciencia surgido del estudio de nuestra etapa republicana, sujeta a la división que han hecho nuestros historiadores de este período de la vida nacional. Síntesis y sincretismo del dilema que nos embarga.
La “Era Republicana” refleja la encrucijada de nuestro destino, con sus caídas y la voluntad demostrada de ponernos de pie, sobrevivir y seguir adelante. Por eso Quinta República es también una razón para alentar las aspiraciones ciudadanas del conglomerado de dominicanas y dominicanos de buena voluntad que creen en la nación y sus atributos.
Quinta República es la plataforma para construir una sociedad más prospera, más dominicana y más justa, sobre la base de las experiencias que se derivan de nuestro transcurrir histórico, utilizando las virtudes del ejemplo de un pasado lleno de gloriosos referentes, pero también de desgracias, caídas, tragedias y malas experiencias. De las luces y las sombras tenemos obligatoriamente que aprender para forjar el futuro que anhelamos.
Este conjunto conforma el dilema de una dominicanidad que merece ser resarcida por su vocación histórica de levantarse de sus caídas y permanecer de pie sobre su persistencia de sobrevivir y sobreponerse a la parte aciaga de su destino. Sobrevivir como pueblo y como nación define en sí mismo la dominicanidad.
De ahí que dentro del marco de una democracia auténtica en sus propósitos, aspiramos al ejercicio de una dominicanidad estructurada en los verdaderos intereses nacionales. Rescatando, preservando y fortaleciendo los llamados valores patrios, nuestras creencias comunes, nuestras mejores tradiciones y sobre todo, asumiendo los ideales del patricio Juan Pablo Duarte, su pensamiento y ejemplo, para con él y en él, forjar el futuro, atendiendo las enseñanzas de todos aquellos próceres que han contribuido a la forja y defensa de una nacionalidad de la que estamos orgullosos.
Quinta República es por eso también una articulación de fe en los destinos de la República Dominicana, partiendo del hecho históricamente demostrado de que hemos afrontado como pueblo todas las embestidas que hemos resistido. La dominicanidad nació de la voluntad de sus hijos de defenderse en la pobreza y el aislamiento, de las agresiones foráneas, de las inclemencias de la naturaleza y de los despropósitos de esos dominicanos envilecidos por la ambición personal y grupal. Hemos soportado y vencido la traición, la falta de fe y la indiferencia por la nación y sus atributos.
Esa misma realidad, impuesta entre otras cosas, por la dictadura de un destino geográfico marcado por nuestra ubicación de ser centro del Caribe insular y el sino geopolítico de ser foco de esa frontera imperial, ha determinado su desarrollo histórico hasta nuestros días. La falta de una conciencia geográfica en la mayoría de nuestros gobernantes, ha contribuido a ignorar las ventajas de una ubicación geográfica envidiable, para solo someter a nuestro pueblo a las inconveniencias circunstanciales de la geografía. De ahí podría explicarse nuestra inestabilidad política, nuestra falta de desarrollo y nuestra pobreza.
Quinta República teniendo como referente las lecciones del pasado, debe ser también un instrumento de futuro que inserte con dignidad a la República Dominicana en la complejidad del mundo moderno, garantizándoles a nuestros conciudadanos el lugar que se merecen en las nuevas realidades. Debe ser esta la expresión de un estado moderno, que sin perder de vista sus valores y creencias comunes, logre la eficiencia, la justicia social y el referente moral indispensable para desarrollar armónicamente la nación.
No existe un consenso absoluto ni definitivo sobre la división que han hecho nuestros historiadores del periodo republicano. Existen divergencias aisladas en cuanto a periodos, circunstancias y hechos. Sin embargo, aceptamos el punto de vista más socorrido y lógico que establece cuatro repúblicas transcurridas, tres de las cuales han desaparecido por la pérdida de la soberanía nacional. Lo que ha motivado que nuestro pueblo lanzado en varias ocasiones a la guerra de liberación nacional, haya en esas tres de las mismas, restaurado la república, tras haber rescatado de la ignominia los fueros nacionales.
LA PRIMERA REPÚBLICA (1844 a 1861)
Nacida en 1844, con la instauración del Estado Dominicano, tras el levantamiento del 27 de febrero, la declaración de Independencia, la Guerra de la Separación de Haití (1844-1856), con cuatro campañas militares que concluyen con las victoriosas jornadas de Sabana Larga, Jacuba y Macabón en enero de 1856. La constituyente del 6 de noviembre de 1844 y la instalación del general Pedro Santana como primer Presidente de la República, que sintetizan desde el punto de vista político, los inicios de la Primera República, fue una época matizada por la lucha entre las corrientes conservadores y liberales, que no logran construir un Estado burgués en la República dominicana.
La clase hatera, sustancia dinámica de las corrientes conservadoras, asaltó durante la revolución reformista de 1843 y el manifiesto del 16 de enero de 1844, el proyecto liberal y urbano de la independencia, para perpetuarse como clase dominante, asaltando el poder político, ya que habiéndolo sido por varios siglos el polo de poder social había perdido para esta fecha su poder económico.
El primer ejercito de la república estaba constituido por los generales que junto a Santana, eran los dueños de los hatos ganaderos; sus oficiales que eran sus capataces; y sus peones, que eran los soldados, que al defender la república recién nacida, se adueñaron también de esta Primera República, que nació con la estampa de las reses de los hateros.
Los sectores conservadores dominaron este periodo, mediante el despotismo de dos de sus caudillos, que se disputaron el poder: Pedro Santana y Buenaventura Báez. Ninguno de esos caudillos antinacionales, ni sus respectivas camarillas militares y civiles, tenían fe en la República. La sacrificaron a sus despropósitos, a pesar de la lucha, el martirologio y los sacrificios de los miembros del sector más nacionalista y liberal de la independencia, el encabezado e inspirado por Juan Pablo Duarte, el ideólogo y fundador de la República y sus filorios, que siempre creyeron en la Independencia pura.
La traición injustificable de Pedro Santana y de su camarilla antinacional que gestionaron y lograron la Anexión a España en 1861, puso fin a la Primera República.
LA SEGUNDA REPUBLICA (1863 a 1916)
Comienza la Segunda República con el inicio de la Guerra Restauradora, el 16 de agosto de 1863, y con el Grito de Capotillo en el borde mismo de la frontera con Haití. Tuvo como antecedentes: la revolución santiaguera de 1857 contra Báez; la invasión de Francisco del Rosario Sánchez llegado desde Haití y capturado en El Cercado con muchos de sus parciales, todos personajes que creían en la independencia pura. Su fusilamiento en San Juan el 4 de julio de 1861 fue un glorioso precedente al patriotismo.
El levantamiento en Moca del 2 de mayo de 1861, liderado por el general José Contreras, que no logró encender la tea de la revolución en otras partes del país pero que trazo pautas y sentó el ejemplo. Los conjurados fueron fusilados en la Villa Heroica, el 19 de mayo de 1861.
La rebelión de Santiago del 24 de febrero y la insurrección militar en la línea noroeste fracasada y terminada con los fusilamientos del 17 de abril de 1863, llamada despectivamente por los españoles como la “Zaragata” y que creó como factor desencadenante las condiciones para la insurrección nacional.
La Guerra de la Restauración, siendo sin lugar a dudas la más grande gesta libertaria del pueblo dominicano, fue una guerra compleja que debe ser estudiada en sus tres grandes vertientes:
En lo militar, como la guerra de liberación más gloriosa de nuestro pueblo, librada exitosamente por las capas más humildes de nuestra sociedad contra el ejército español, uno de los más grandes poderes militares de su época, y sus aliados locales, el ejercito de las reservas comandado por el general Pedro Santana.
En lo político, como una guerra civil entre las corrientes Liberales y Conservadoras. Los conservadores anexionistas de Santana y los liberales partidarios de la independencia pura. De hecho los tres Padres de la Patria estuvieron de alguna forma involucrados en el proceso. Sánchez en El Cercado. Mella como Ministro de Guerra del gobierno restaurador y Duarte que vino a ponerse a disposición del gobierno de Santiago convirtiéndose en comisionado del gobierno ante Venezuela.
En lo social y económico, como duelo a muerte entre los hateros que hicieron la anexión y los cosecheros de tabaco del norte, clase emergente que no pudo cuajar sus aspiraciones políticas en la revolución de 1857 a pesar de la famosa Constitución de Moca, una de las piezas más notables del pensamiento democrático del país.
La Segunda República realmente se establece de manera formal, después del éxito militar coronado por la batalla de Santiago del 6 de septiembre de 1863, con la instauración del gobierno de Santiago presidido por el general José Antonio Salcedo.
Lograda la Restauración de la República en 1865, tras la desocupación militar española con su aparatosa derrota militar, se inaugura un periodo de inestabilidad política que, tras 50 años perdería también la Segunda República, con la perdida de la soberanía nacional. Los horrores que pusieron punto final a la Segunda República son:
La inestabilidad política, el caos, la montonera, la inviabilidad económica, fenómenos ocasionado por las luchas por el poder, primero por los lideres restauradores y después por las guerras internas entre en el partido Azul de los restauradores y el partido rojo de Buenaventura Báez, rehabilitado por las contradicciones del mismo partido azul, aliado con los remanentes del santanismo para combatir al caudillo antinacional por excelencia.
Estas contradicciones, el continuismo, el despotismo de Báez, su indudable carisma y astucia política, la guerra de los seis años, las luchas democráticas del soldado de la democracia, el general Gregorio Luperón, la dictadura del general Ulises Heureaux (1884-1899), líder del partido azul, su ajusticiamiento en 1899, las luchas del movimiento del 26 de julio, la revolución de los presos de 1903, la Unión, la Desunión, las guerras entre los partidos Horacista y Jimenista, el gobierno de Mon Cáceres, su reelección, la Convención Domínico- Americana de 1907, el asesinato de Cáceres en 1911. La cruenta guerra del 12 y el desperdicio del heroísmo dominicano enloquecido en el despropósito de la montonera, el caudillismo y la inviabilidad y debilidad del Estado que no podía cumplir con sus compromisos internacionales acabaron con la Segunda República que finalizó en 1916, sumida en el caos con la oprobiosa intervención norteamericana de 1916 que tal como pasó con la Primera República, perdió de nuevo su soberanía nacional.
Uno de los referentes más importantes de la segunda República es el gobierno del malogrado presidente Ramón Cáceres (1906-1911) ya que sin lugar a dudas fue el primero que intento en un corto periodo de estabilidad política, instaurar un estado moderno en la República Dominicana entre los marcos de referencia de un país sacudido por las luchas intestinas y la inestabilidad política y económica.
Ramón Cáceres fue víctima de las fuerzas oscuras de la anarquía nacional existente hasta en su propio partido que le hicieron pagar caro su intento de ser el último “presidente machetero de la historia”.
LA TERCERA REPUBLICA (1924 A 1965)
Con las elecciones de 1924, efectuadas tras ocho años de ocupación estadounidense y posibilitadas por el acuerdo Hughe-Peynado en el marco de la resistencia guerrillera de los llamados gavilleros y las jornadas cívicas persistentes del partido nacionalista bajo la orientación de don Américo Lugo.
Estas elecciones llevadas a cabo entre el fervor nacionalista y la paulatina desocupación del territorio nacional de las fuerzas militares extranjeras tuvieron un resultado nefasto, ya que resultó ganador de este torneo electoral el general mocano Horacio Vázquez líder del movimiento 26 de julio que aunque aparentemente liberal, su marcada y recurrente ambición de poder nos llevó de nuevo por las rutas de la tragedia nacional.
En este periodo se destaca el hecho de como el movimiento nacionalista, meritorio por demás, no puede, mal aconsejado por sus errores y las pasiones partidarias, traducirse en una voluntad política democrática que satisfaga las expectativas del pueblo dominicano. Se hace notorio en este periodo la incapacidad de los sectores más progresistas de concebir y materializar un proyecto de nación viable y su fracaso anuncia también el fracaso de esta república.
La inercia del gobierno de Vázquez, la politización del ejército y su actitud continuista, crearon las condiciones para el advenimiento de Rafael Leónidas Trujillo Molina, que emerge en el poder tras unas elecciones en 1930 en la que la oposición encabezada por Federico Velázquez, víctima de la represión, se vio forzada a retirarse.
Las reelecciones sucesivas o la ocurrencia de una serie de presidentes títeres, resumen con Rafael Leónidas Trujillo, la permanencia de un régimen dictatorial de 31 años. Su labor de ordenador, pacificador y como dice el profesor Bosch de “creador del estado moderno dominicano” se logró en base a la condición de un régimen de fuerza, que conjugaba la obra de un gestor gubernamental eficiente, con el uso desmedido del poder y la violación sistémica de los derechos humanos, concretizando el advenimiento de ese estado burgués que no se alcanzó en las dos primeras repúblicas. Cabeza de una dictadura neo patrimonialista, condujo a la nación por los caminos tortuosos de la “trágica aventura del poder personal”, que finalizó en 1961 después de 31 años, con el ajusticiamiento del dictador el 30 de mayo y el derrocamiento del presidente Joaquín Balaguer en diciembre de ese mismo año.
La instauración de un régimen de facto en medio de una transición imperfecta hacia la democracia, produjo las elecciones de 1962 en la que terciaron, enfrentados, el Partido Revolucionario Dominicano y la Unión Cívica Nacional, resultando ganador en el mes de diciembre, el profesor Juan Bosch, candidato del Partido Revolucionario Dominicano, siendo derrocado siete meses después por un golpe militar en septiembre de 1963.
Las consecuencias de este golpe de Estado, que cercenó el primer ensayo democrático en la República Dominicana, fueron la llamada guerrilla de Las Manaclas, bajo el liderato de Manolo Tavares Justo, líder del Movimiento Revolucionario, 14 de Junio, y la instauración del llamado Triunvirato, gobierno de facto de la ultra derecha que después de la eliminación de los brotes guerrilleros en varios lugares del país, y de la ejecución de muchos de sus participantes, quedó reducido a una sola persona, el doctor Donald Read Cabral quien gobernó hasta que fue derrocado por un movimiento popular, cívico-militar que pedía la vuelta a la Constitución de 1963 y el retorno al poder del presidente Juan Bosch.
Este movimiento llamado también Revolución Constitucionalista del 24 de abril de 1965, se convirtió en una guerra de liberación nacional a partir del 28 de abril del mismo año, cuando una nueva intervención militar norteamericana puso fin a la tercera república, con una nueva pérdida de la soberanía nacional.
CUARTA REPUBLICA (1966 – Hasta el Presente)
La Cuarta República comienza con la elección del Presidente Joaquín Balaguer en 1966. Fueron unas elecciones plagadas de incidentes. El país se hallaba parcialmente ocupado y con algunos sectores resistentes de la población civil parcialmente armados. Los efectos y secuelas de la postguerra se manifestaron a partir de la toma de posesión del Doctor Balaguer que introdujo más tarde la Constitución de 1966.
Los antecedentes de la Cuarta República explican en gran parte su actual crisis. La transición tortuosa acaecida a raíz de la muerte del déspota de San Cristobal en 1961, fue, en realidad, un tránsito hacia un trujillismo plural, fruto de un acuerdo que favorecía a los elementos fácticos del poder.
El planteamiento de las circunstancias de una transición imperfecta y bajo tutela extranjera, sugirió en sus formas, la emersión de un trujillismo funcional sin Trujillo, ejercido por los poderes facticos reverdecidos por su rehabilitación.
La vieja oligarquía nacional, relegada, por el déspota, tomó o retomó parte de la herencia de ese régimen neo- patrimonialista, cuando el Estado y los poderes fácticos, con la anuencia de una clase política inexperta, se repartieron sus empresas, concesiones y privilegios, apareciendo varios de sus miembros representados en el Consejo de Estado.
La Iglesia Católica, aliada del régimen por décadas, recibió a cambio de forma oportuna la reposición de su vieja influencia estando representada también en el Consejo de Estado por uno de sus prelados.
Las Fuerzas Armadas, coto privado del dictador, su sostén primordial y elemento fáctico más retardatario para los cambios, tras una tala conveniente de los jerarcas de primera línea, participó en el trato, recibiendo su cuota de poder, tras el florecimiento de liderato que no distaba mucho del viejo modelo.
El poder extranjero, con la injerencia de los Estados Unidos, catalizó todo el proceso y le dio dirección, en medio de la Guerra Fría, la invasión de Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles y el temor de que la crisis dominicana “degenerara” en una nueva Cuba, guardando atención al origen y naturaleza de ambos procesos.
En este caso, los Estados Unidos articularon los poderes fácticos para la lucha anticomunista y, en tal virtud, los esgrimieron como armas para abortar la Constitución liberal y democrática del 1963, auspiciando el golpe de Estado contra el profesor Juan Bosch e interrumpiendo el proceso democrático en el país bajo la acusación de que era comunista. La participación de la Iglesia, las FFAA, la oligarquía y el poder extranjero manifiestan claramente el acuerdo aquí denunciado.
La Constitución del 1963, la del profesor Juan Bosch, fue la Constitución más liberal y democrática de la historia del país, la cual sentaría las bases de una verdadera democracia, satisfaciendo las expectativas de la población, su sed de libertad y sus derechos.
El liderazgo emblemático de Manolo Tavares Justo, su propia vida y su muerte en la montaña, representa el referente más importante de esa parte nacionalista y revolucionaria del país, tantas veces traicionada y dispuesta a inmolarse en pos de los mejores intereses de la nación.
El otro antecedente importante de la Cuarta República es el Gobierno Constitucionalista del coronel Caamaño Deño, quien juró sobre la Constitución del 1963 representando la parte del país que estaba en armas contra la invasión extranjera.
La misma intervención militar norteamericana, es otro antecedente indeseable junto a la participación de aquellos políticos que la auparon y la aplaudieron hasta lograr que la misma fuera la segunda de nuestras revoluciones burguesas inconclusas.
Debemos recordar que las guerras civiles no las gana nadie, las pierde el pueblo, porque con ellas se quebranta seriamente la cohesión nacional, condición imprescindible para mantener su defensa y su desarrollo. Sin embargo, la revolución es un recurso hábil cuando se trata de restablecer la dignidad nacional y el pueblo no puede lograr sus reivindicaciones por las vías legales, reclamando en sus fueros una legitimidad que le es propia en nuestra historia.
El gobierno surgido en 1966 de las urnas humeantes por la guerra civil, no hizo otra cosa, en medio de las circunstancias del resultado de la Guerra de Abril que adecuar de manera oportunista la funcionalidad trujillista del Estado, fruto anterior del acuerdo de conveniencia de los poderes facticos, dándole legitimidad a un neo trujillismo, cuyo liderazgo recayó en Balaguer que se convirtió en el líder indiscutible de los sectores conservadores del país.
Balaguer guardando las apariencias convenientes de la hora, ensambló meticulosamente una especie de “despotismo ilustrado” que dejó intacta la funcionalidad trujillista del Estado, pero que ponía distancia aparente en la forma de su gobierno civil, no solo con el antecedente odioso de la tiranía a la que había servido por 31 años, sino también a la epidemia de dictaduras militares de América latina durante la Guerra Fría, auspiciados por el poder extranjero en su guerra geoestratégica, bajo el argumento de defender los Estados dependientes, ocupándolos militarmente, contra la amenaza de la llamada “subversión comunista internacional.
Balaguer bajo la cobertura democrática, pero con el mismo rigor reaccionario de otras latitudes, con un modelo neo desarrollista basado en las obras publicas, la expansión de la llamada clase media, el fomento industrial, la infraestructura turística, parapetado en la realidad de un país todavía rural, donde sobrevivía el modelo social de la vieja dictadura, sobre el control de la población y sus recursos.
Lo que quiere decir que Balaguer no solo cimentó su régimen continuista sobre los escombros de la desparecida dictadura, sino que la revistió de los elementos y los afeites que le permitirían perpetuarse en el tiempo frente a las nuevas condiciones existentes.
Sus leyes agrarias, no solo sirvieron a ese propósito de hábil golosina política, sino que fueron una respuesta vigorosa e inteligente a la estrategia de organizaciones como el MPD que se plantearon como táctica el trabajo en el campo.
La Cuarta República se inició en la post guerra, con otra guerra clandestina que desangró una parte importante de la juventud revolucionaria dominicana, enfrentada al Gobierno de Joaquín Balaguer, sobre todo después de asumir la tesis del golpe de estado revolucionario.
La guerra armada de los sectores revolucionarios contra el gobierno balaguerista, capitulo de nuestra historia poco estudiado, resume como referente insoslayable de este periodo, la vigencia del viejo heroísmo dominicano presente en las cuatro repúblicas, con figuras destacadas como la de Amauri Germán Aristi y sus Palmeros, el Coronel Francisco Alberto Caamaño y sus compañeros de guerrilla, Otto Morales, Amín Abel, Mazara, Maximiliano Gómez, Homero Hernández y muchos otros caídos, muertos no como mártires inválidos de acción, sino como combatientes de una guerra planteada en sus convicciones y acciones revolucionarias.
Por los efectos de esa arritmia histórica de la que han hablado Bosch y otros de nuestros pensadores, la Guerra Fría, en su versión militar, terminó en la República Dominicana, a pesar de algunos remanentes como los de Rubirosa Fermín en 1973, con la derrota militar de la llamada Guerrilla de Caracoles y políticamente hablando, 5 años después, en 1978, con el triunfo del Partido Revolucionario Dominicano y el cambio de mando político que puso fin al llamado régimen de los doce años.
Como pasaría después en toda América Latina, la victoria militar sobre la izquierda revolucionaria, no se tradujo en victoria política y los sectores conservadores de los países a la vuelta de algunos años, sucumbieron en las urnas frente a las coaliciones de las fuerzas progresistas del sistema.
A pesar de los cambios democráticos indiscutibles fruto de los cambios de gobierno y de partidos en el mando político, el trujillismo, siguió vivo en la funcionalidad del Estado, garantizando su permanencia en el escenario tras cada elecciones y relevos de partidos del sistema en la dirección del Estado.
El Trujillismo siguió vivo en sus formas en la funcionalidad del Estado, ya de manera senil, en gobiernos que siguieron adheridos a sus instituciones caducas, sus políticas rancias y sus malas costumbres. La llamada partidocracia que ejerce el poder en la República Dominicana, no ha resuelto los problemas básicos de la población porque ha estado prisionera de las conveniencias de esa funcionalidad de un Estado secuestrado desde hace más de cuarenta años por una pandilla antinacional que solo piensa y actúa en función de sus propios intereses bajo el impulso de sus despropósitos.
Quinta República se ha propuesto reivindicar con un proyecto de nación basado en los valores y creencias comunes de población, y en la consecución de los intereses nacionales, los fracasos de las cuatro repúblicas anteriores con el advenimiento de una nueva república realmente democrática.
Eso quiere decir, que hemos tenido hasta ahora cuatro repúblicas fallidas, cuatro repúblicas que han fracasado por la anomia de sus respectivos estados, guiados por gobiernos ajenos al verdadero al interés nacional.






