¿Porqué Quinta República? Una justificación Historica
“Quinta República” es mucho más que el nombre de una fundación o de un movimiento político. Es un estado de conciencia surgido del estudio de nuestra etapa republicana, sujeta a la división que han hecho nuestros historiadores de este período de la vida nacional. Síntesis y sincretismo del dilema que nos embarga.
La “Era Republicana” refleja la encrucijada de nuestro destino, con sus caídas y la voluntad demostrada de ponernos de pie, sobrevivir y seguir adelante. Por eso Quinta República es también una razón para alentar las aspiraciones ciudadanas del conglomerado de dominicanas y dominicanos de buena voluntad que creen en la nación y sus atributos.
Quinta República es la plataforma para construir una sociedad más prospera, más dominicana y más justa, sobre la base de las experiencias que se derivan de nuestro transcurrir histórico, utilizando las virtudes del ejemplo de un pasado lleno de gloriosos referentes, pero también de desgracias, caídas, tragedias y malas experiencias. De las luces y las sombras tenemos obligatoriamente que aprender para forjar el futuro que anhelamos.
Este conjunto conforma el dilema de una dominicanidad que merece ser resarcida por su vocación histórica de levantarse de sus caídas y permanecer de pie sobre su persistencia de sobrevivir y sobreponerse a la parte aciaga de su destino. Sobrevivir como pueblo y como nación define en sí mismo la dominicanidad.
De ahí que dentro del marco de una democracia auténtica en sus propósitos, aspiramos al ejercicio de una dominicanidad estructurada en los verdaderos intereses nacionales. Rescatando, preservando y fortaleciendo los llamados valores patrios, nuestras creencias comunes, nuestras mejores tradiciones y sobre todo, asumiendo los ideales del patricio Juan Pablo Duarte, su pensamiento y ejemplo, para con él y en él, forjar el futuro, atendiendo las enseñanzas de todos aquellos próceres que han contribuido a la forja y defensa de una nacionalidad de la que estamos orgullosos.
Quinta República es por eso también una articulación de fe en los destinos de la República Dominicana, partiendo del hecho históricamente demostrado de que hemos afrontado como pueblo todas las embestidas que hemos resistido. La dominicanidad nació de la voluntad de sus hijos de defenderse en la pobreza y el aislamiento, de las agresiones foráneas, de las inclemencias de la naturaleza y de los despropósitos de esos dominicanos envilecidos por la ambición personal y grupal. Hemos soportado y vencido la traición, la falta de fe y la indiferencia por la nación y sus atributos.
Esa misma realidad, impuesta entre otras cosas, por la dictadura de un destino geográfico marcado por nuestra ubicación de ser centro del Caribe insular y el sino geopolítico de ser foco de esa frontera imperial, ha determinado su desarrollo histórico hasta nuestros días. La falta de una conciencia geográfica en la mayoría de nuestros gobernantes, ha contribuido a ignorar las ventajas de una ubicación geográfica envidiable, para solo someter a nuestro pueblo a las inconveniencias circunstanciales de la geografía. De ahí podría explicarse nuestra inestabilidad política, nuestra falta de desarrollo y nuestra pobreza.
Quinta República teniendo como referente las lecciones del pasado, debe ser también un instrumento de futuro que inserte con dignidad a la República Dominicana en la complejidad del mundo moderno, garantizándoles a nuestros conciudadanos el lugar que se merecen en las nuevas realidades. Debe ser esta la expresión de un estado moderno, que sin perder de vista sus valores y creencias comunes, logre la eficiencia, la justicia social y el referente moral indispensable para desarrollar armónicamente la nación.
No existe un consenso absoluto ni definitivo sobre la división que han hecho nuestros historiadores del periodo republicano. Existen divergencias aisladas en cuanto a periodos, circunstancias y hechos. Sin embargo, aceptamos el punto de vista más socorrido y lógico que establece cuatro repúblicas transcurridas, tres de las cuales han desaparecido por la pérdida de la soberanía nacional. Lo que ha motivado que nuestro pueblo lanzado en varias ocasiones a la guerra de liberación nacional, haya en esas tres de las mismas, restaurado la república, tras haber rescatado de la ignominia los fueros nacionales.
LA PRIMERA REPUBLICA (1844 a 1861)
Nacida en 1844, con la instauración del Estado Dominicano, tras el levantamiento del 27 de febrero, la declaración de Independencia, la Guerra de la Separación de Haití (1844-1856), con cuatro campañas militares que concluyen con las victoriosas jornadas de Sabana Larga, Jacuba y Macabón en enero de 1856. La constituyente del 6 de noviembre de 1844 y la instalación del general Pedro Santana como primer Presidente de la República, que sintetizan desde el punto de vista político, los inicios de la Primera República, fue una época matizada por la lucha entre las corrientes conservadores y liberales, que no logran construir un Estado burgués en la República dominicana.
La clase hatera, sustancia dinámica de las corrientes conservadoras, asaltó durante la revolución reformista de 1843 y el manifiesto del 16 de enero de 1844, el proyecto liberal y urbano de la independencia, para perpetuarse como clase dominante, asaltando el poder político, ya que habiéndolo sido por varios siglos el polo de poder social había perdido para esta fecha su poder económico.
El primer ejercito de la república estaba constituido por los generales que junto a Santana, eran los dueños de los hatos ganaderos; sus oficiales que eran sus capataces; y sus peones, que eran los soldados, que al defender la república recién nacida, se adueñaron también de esta Primera República, que nació con la estampa de las reses de los hateros.
Los sectores conservadores dominaron este periodo, mediante el despotismo de dos de sus caudillos, que se disputaron el poder: Pedro Santana y Buenaventura Báez. Ninguno de esos caudillos antinacionales, ni sus respectivas camarillas militares y civiles, tenían fe en la República. La sacrificaron a sus despropósitos, a pesar de la lucha, el martirologio y los sacrificios de los miembros del sector más nacionalista y liberal de la independencia, el encabezado e inspirado por Juan Pablo Duarte, el ideólogo y fundador de la República y sus filorios, que siempre creyeron en la Independencia pura.
La traición injustificable de Pedro Santana y de su camarilla antinacional que gestionaron y lograron la Anexión a España en 1861, puso fin a la Primera República.
LA SEGUNDA REPUBLICA (1863 a 1916)
Comienza la Segunda República con el inicio de la Guerra Restauradora, el 16 de agosto de 1863, y con el Grito de Capotillo en el borde mismo de la frontera con Haití. Tuvo como antecedentes: la revolución santiaguera de 1857 contra Báez; la invasión de Francisco del Rosario Sánchez llegado desde Haití y capturado en El Cercado con muchos de sus parciales, todos personajes que creían en la independencia pura. Su fusilamiento en San Juan el 4 de julio de 1861 fue un glorioso precedente al patriotismo.
El levantamiento en Moca del 2 de mayo de 1861, liderado por el general José Contreras, que no logró encender la tea de la revolución en otras partes del país pero que trazo pautas y sentó el ejemplo. Los conjurados fueron fusilados en la Villa Heroica, el 19 de mayo de 1861.
La rebelión de Santiago del 24 de febrero y la insurrección militar en la línea noroeste fracasada y terminada con los fusilamientos del 17 de abril de 1863, llamada despectivamente por los españoles como la “Zaragata” y que creó como factor desencadenante las condiciones para la insurrección nacional.
La Guerra de la Restauración, siendo sin lugar a dudas la más grande gesta libertaria del pueblo dominicano, fue una guerra compleja que debe ser estudiada en sus tres grandes vertientes:
En lo militar, como la guerra de liberación más gloriosa de nuestro pueblo, librada exitosamente por las capas más humildes de nuestra sociedad contra el ejército español, uno de los más grandes poderes militares de su época, y sus aliados locales, el ejercito de las reservas comandado por el general Pedro Santana.
En lo político, como una guerra civil entre las corrientes Liberales y Conservadoras. Los conservadores anexionistas de Santana y los liberales partidarios de la independencia pura. De hecho los tres Padres de la Patria estuvieron de alguna forma involucrados en el proceso. Sánchez en El Cercado. Mella como Ministro de Guerra del gobierno restaurador y Duarte que vino a ponerse a disposición del gobierno de Santiago convirtiéndose en comisionado del gobierno ante Venezuela.
En lo social y económico, como duelo a muerte entre los hateros que hicieron la anexión y los cosecheros de tabaco del norte, clase emergente que no pudo cuajar sus aspiraciones políticas en la revolución de 1857 a pesar de la famosa Constitución de Moca, una de las piezas más notables del pensamiento democrático del país.
La Segunda República realmente se establece de manera formal, después del éxito militar coronado por la batalla de Santiago del 6 de septiembre de 1863, con la instauración del gobierno de Santiago presidido por el general José Antonio Salcedo.
Lograda la Restauración de la República en 1865, tras la desocupación militar española con su aparatosa derrota militar, se inaugura un periodo de inestabilidad política que, tras 50 años perdería también la Segunda República, con la perdida de la soberanía nacional. Los horrores que pusieron punto final a la Segunda República son:
La inestabilidad política, el caos, la montonera, la inviabilidad económica, fenómenos ocasionado por las luchas por el poder, primero por los lideres restauradores y después por las guerras internas entre en el partido Azul de los restauradores y el partido rojo de Buenaventura Báez, rehabilitado por las contradicciones del mismo partido azul, aliado con los remanentes del santanismo para combatir al caudillo antinacional por excelencia.
Estas contradicciones, el continuismo, el despotismo de Báez, su indudable carisma y astucia política, la guerra de los seis años, las luchas democráticas del soldado de la democracia, el general Gregorio Luperón, la dictadura del general Ulises Heureaux (1884-1899), líder del partido azul, su ajusticiamiento en 1899, las luchas del movimiento del 26 de julio, la revolución de los presos de 1903, la Unión, la Desunión, las guerras entre los partidos Horacista y Jimenista, el gobierno de Mon Cáceres, su reelección, la Convención Domínico- Americana de 1907, el asesinato de Cáceres en 1911. La cruenta guerra del 12 y el desperdicio del heroísmo dominicano enloquecido en el despropósito de la montonera, el caudillismo y la inviabilidad y debilidad del Estado que no podía cumplir con sus compromisos internacionales acabaron con la Segunda República que finalizó en 1916, sumida en el caos con la oprobiosa intervención norteamericana de 1916 que tal como pasó con la Primera República, perdió de nuevo su soberanía nacional.
Uno de los referentes más importantes de la segunda República es el gobierno del malogrado presidente Ramón Cáceres (1906-1911) ya que sin lugar a dudas fue el primero que intento en un corto periodo de estabilidad política, instaurar un estado moderno en la República Dominicana entre los marcos de referencia de un país sacudido por las luchas intestinas y la inestabilidad política y económica.
Ramón Cáceres fue víctima de las fuerzas oscuras de la anarquía nacional existente hasta en su propio partido que le hicieron pagar caro su intento de ser el último “presidente machetero de la historia”.
LA TERCERA REPUBLICA (1924 A 1965)
Con las elecciones de 1924, efectuadas tras ocho años de ocupación estadounidense y posibilitadas por el acuerdo Hughe-Peynado en el marco de la resistencia guerrillera de los llamados gavilleros y las jornadas cívicas persistentes del partido nacionalista bajo la orientación de don Américo Lugo.
Estas elecciones llevadas a cabo entre el fervor nacionalista y la paulatina desocupación del territorio nacional de las fuerzas militares extranjeras tuvieron un resultado nefasto, ya que resultó ganador de este torneo electoral el general mocano Horacio Vázquez líder del movimiento 26 de julio que aunque aparentemente liberal, su marcada y recurrente ambición de poder nos llevó de nuevo por las rutas de la tragedia nacional.
En este periodo se destaca el hecho de como el movimiento nacionalista, meritorio por demás, no puede, mal aconsejado por sus errores y las pasiones partidarias, traducirse en una voluntad política democrática que satisfaga las expectativas del pueblo dominicano. Se hace notorio en este periodo la incapacidad de los sectores más progresistas de concebir y materializar un proyecto de nación viable y su fracaso anuncia también el fracaso de esta república.
La inercia del gobierno de Vázquez, la politización del ejército y su actitud continuista, crearon las condiciones para el advenimiento de Rafael Leónidas Trujillo Molina, que emerge en el poder tras unas elecciones en 1930 en la que la oposición encabezada por Federico Velázquez, víctima de la represión, se vio forzada a retirarse.
Las reelecciones sucesivas o la ocurrencia de una serie de presidentes títeres, resumen con Rafael Leónidas Trujillo, la permanencia de un régimen dictatorial de 31 años. Su labor de ordenador, pacificador y como dice el profesor Bosch de “creador del estado moderno dominicano” se logró en base a la condición de un régimen de fuerza, que conjugaba la obra de un gestor gubernamental eficiente, con el uso desmedido del poder y la violación sistémica de los derechos humanos, concretizando el advenimiento de ese estado burgués que no se alcanzó en las dos primeras repúblicas. Cabeza de una dictadura neo patrimonialista, condujo a la nación por los caminos tortuosos de la “trágica aventura del poder personal”, que finalizó en 1961 después de 31 años, con el ajusticiamiento del dictador el 30 de mayo y el derrocamiento del presidente Joaquín Balaguer en diciembre de ese mismo año.
La instauración de un régimen de facto en medio de una transición imperfecta hacia la democracia, produjo las elecciones de 1962 en la que terciaron, enfrentados, el Partido Revolucionario Dominicano y la Unión Cívica Nacional, resultando ganador en el mes de diciembre, el profesor Juan Bosch, candidato del Partido Revolucionario Dominicano, siendo derrocado siete meses después por un golpe militar en septiembre de 1963.
Las consecuencias de este golpe de Estado, que cercenó el primer ensayo democrático en la República Dominicana, fueron la llamada guerrilla de Las Manaclas, bajo el liderato de Manolo Tavares Justo, líder del Movimiento Revolucionario, 14 de Junio, y la instauración del llamado Triunvirato, gobierno de facto de la ultra derecha que después de la eliminación de los brotes guerrilleros en varios lugares del país, y de la ejecución de muchos de sus participantes, quedó reducido a una sola persona, el doctor Donald Read Cabral quien gobernó hasta que fue derrocado por un movimiento popular, cívico-militar que pedía la vuelta a la Constitución de 1963 y el retorno al poder del presidente Juan Bosch.
Este movimiento llamado también Revolución Constitucionalista del 24 de abril de 1965, se convirtió en una guerra de liberación nacional a partir del 28 de abril del mismo año, cuando una nueva intervención militar norteamericana puso fin a la tercera república, con una nueva pérdida de la soberanía nacional.
CUARTA REPUBLICA (1966 – Hasta el Presente)
La Cuarta República comienza con la elección del Presidente Joaquín Balaguer en 1966. Fueron unas elecciones plagadas de incidentes. El país se hallaba parcialmente ocupado y con algunos sectores resistentes de la población civil parcialmente armados. Los efectos y secuelas de la postguerra se manifestaron a partir de la toma de posesión del Doctor Balaguer que introdujo más tarde la Constitución de 1966.
Los antecedentes de la Cuarta República explican en gran parte su actual crisis. La transición tortuosa acaecida a raíz de la muerte del déspota de San Cristobal en 1961, fue, en realidad, un tránsito hacia un trujillismo plural, fruto de un acuerdo que favorecía a los elementos fácticos del poder.
El planteamiento de las circunstancias de una transición imperfecta y bajo tutela extranjera, sugirió en sus formas, la emersión de un trujillismo funcional sin Trujillo, ejercido por los poderes facticos reverdecidos por su rehabilitación.
La vieja oligarquía nacional, relegada, por el déspota, tomó o retomó parte de la herencia de ese régimen neo- patrimonialista, cuando el Estado y los poderes fácticos, con la anuencia de una clase política inexperta, se repartieron sus empresas, concesiones y privilegios, apareciendo varios de sus miembros representados en el Consejo de Estado.
La Iglesia Católica, aliada del régimen por décadas, recibió a cambio de forma oportuna la reposición de su vieja influencia estando representada también en el Consejo de Estado por uno de sus prelados.
Las Fuerzas Armadas, coto privado del dictador, su sostén primordial y elemento fáctico más retardatario para los cambios, tras una tala conveniente de los jerarcas de primera línea, participó en el trato, recibiendo su cuota de poder, tras el florecimiento de liderato que no distaba mucho del viejo modelo.
El poder extranjero, con la injerencia de los Estados Unidos, catalizó todo el proceso y le dio dirección, en medio de la Guerra Fría, la invasión de Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles y el temor de que la crisis dominicana “degenerara” en una nueva Cuba, guardando atención al origen y naturaleza de ambos procesos.
En este caso, los Estados Unidos articularon los poderes fácticos para la lucha anticomunista y, en tal virtud, los esgrimieron como armas para abortar la Constitución liberal y democrática del 1963, auspiciando el golpe de Estado contra el profesor Juan Bosch e interrumpiendo el proceso democrático en el país bajo la acusación de que era comunista. La participación de la Iglesia, las FFAA, la oligarquía y el poder extranjero manifiestan claramente el acuerdo aquí denunciado.
La Constitución del 1963, la del profesor Juan Bosch, fue la Constitución más liberal y democrática de la historia del país, la cual sentaría las bases de una verdadera democracia, satisfaciendo las expectativas de la población, su sed de libertad y sus derechos.
El liderazgo emblemático de Manolo Tavares Justo, su propia vida y su muerte en la montaña, representa el referente más importante de esa parte nacionalista y revolucionaria del país, tantas veces traicionada y dispuesta a inmolarse en pos de los mejores intereses de la nación.
El otro antecedente importante de la Cuarta República es el Gobierno Constitucionalista del coronel Caamaño Deño, quien juró sobre la Constitución del 1963 representando la parte del país que estaba en armas contra la invasión extranjera.
La misma intervención militar norteamericana, es otro antecedente indeseable junto a la participación de aquellos políticos que la auparon y la aplaudieron hasta lograr que la misma fuera la segunda de nuestras revoluciones burguesas inconclusas.
Debemos recordar que las guerras civiles no las gana nadie, las pierde el pueblo, porque con ellas se quebranta seriamente la cohesión nacional, condición imprescindible para mantener su defensa y su desarrollo. Sin embargo, la revolución es un recurso hábil cuando se trata de restablecer la dignidad nacional y el pueblo no puede lograr sus reivindicaciones por las vías legales, reclamando en sus fueros una legitimidad que le es propia en nuestra historia.
El gobierno surgido en 1966 de las urnas humeantes por la guerra civil, no hizo otra cosa, en medio de las circunstancias del resultado de la Guerra de Abril que adecuar de manera oportunista la funcionalidad trujillista del Estado, fruto anterior del acuerdo de conveniencia de los poderes facticos, dándole legitimidad a un neo trujillismo, cuyo liderazgo recayó en Balaguer que se convirtió en el líder indiscutible de los sectores conservadores del país.
Balaguer guardando las apariencias convenientes de la hora, ensambló meticulosamente una especie de “despotismo ilustrado” que dejó intacta la funcionalidad trujillista del Estado, pero que ponía distancia aparente en la forma de su gobierno civil, no solo con el antecedente odioso de la tiranía a la que había servido por 31 años, sino también a la epidemia de dictaduras militares de América latina durante la Guerra Fría, auspiciados por el poder extranjero en su guerra geoestratégica, bajo el argumento de defender los Estados dependientes, ocupándolos militarmente, contra la amenaza de la llamada “subversión comunista internacional.
Balaguer bajo la cobertura democrática, pero con el mismo rigor reaccionario de otras latitudes, con un modelo neo desarrollista basado en las obras publicas, la expansión de la llamada clase media, el fomento industrial, la infraestructura turística, parapetado en la realidad de un país todavía rural, donde sobrevivía el modelo social de la vieja dictadura, sobre el control de la población y sus recursos.
Lo que quiere decir que Balaguer no solo cimentó su régimen continuista sobre los escombros de la desparecida dictadura, sino que la revistió de los elementos y los afeites que le permitirían perpetuarse en el tiempo frente a las nuevas condiciones existentes.
Sus leyes agrarias, no solo sirvieron a ese propósito de hábil golosina política, sino que fueron una respuesta vigorosa e inteligente a la estrategia de organizaciones como el MPD que se plantearon como táctica el trabajo en el campo.
La Cuarta República se inició en la post guerra, con otra guerra clandestina que desangró una parte importante de la juventud revolucionaria dominicana, enfrentada al Gobierno de Joaquín Balaguer, sobre todo después de asumir la tesis del golpe de estado revolucionario.
La guerra armada de los sectores revolucionarios contra el gobierno balaguerista, capitulo de nuestra historia poco estudiado, resume como referente insoslayable de este periodo, la vigencia del viejo heroísmo dominicano presente en las cuatro repúblicas, con figuras destacadas como la de Amauri Germán Aristi y sus Palmeros, el Coronel Francisco Alberto Caamaño y sus compañeros de guerrilla, Otto Morales, Amín Abel, Mazara, Maximiliano Gómez, Homero Hernández y muchos otros caídos, muertos no como mártires inválidos de acción, sino como combatientes de una guerra planteada en sus convicciones y acciones revolucionarias.
Por los efectos de esa arritmia histórica de la que han hablado Bosch y otros de nuestros pensadores, la Guerra Fría, en su versión militar, terminó en la República Dominicana, a pesar de algunos remanentes como los de Rubirosa Fermín en 1973, con la derrota militar de la llamada Guerrilla de Caracoles y políticamente hablando, 5 años después, en 1978, con el triunfo del Partido Revolucionario Dominicano y el cambio de mando político que puso fin al llamado régimen de los doce años.
Como pasaría después en toda América Latina, la victoria militar sobre la izquierda revolucionaria, no se tradujo en victoria política y los sectores conservadores de los países a la vuelta de algunos años, sucumbieron en las urnas frente a las coaliciones de las fuerzas progresistas del sistema.
A pesar de los cambios democráticos indiscutibles fruto de los cambios de gobierno y de partidos en el mando político, el trujillismo, siguió vivo en la funcionalidad del Estado, garantizando su permanencia en el escenario tras cada elecciones y relevos de partidos del sistema en la dirección del Estado.
El Trujillismo siguió vivo en sus formas en la funcionalidad del Estado, ya de manera senil, en gobiernos que siguieron adheridos a sus instituciones caducas, sus políticas rancias y sus malas costumbres. La llamada partidocracia que ejerce el poder en la República Dominicana, no ha resuelto los problemas básicos de la población porque ha estado prisionera de las conveniencias de esa funcionalidad de un Estado secuestrado desde hace más de cuarenta años por una pandilla antinacional que solo piensa y actúa en función de sus propios intereses bajo el impulso de sus despropósitos.Quinta República se ha propuesto reivindicar con un proyecto de nación basado en los valores y creencias comunes de población, y en la consecución de los intereses nacionales, los fracasos de las cuatro repúblicas anteriores con el advenimiento de una nueva república realmente democrática.
Eso quiere decir, que hemos tenido hasta ahora cuatro repúblicas fallidas, cuatro repúblicas que han fracasado por la anomia de sus respectivos estados, guiados por gobiernos ajenos al verdadero al interés nacional.
LA CRISIS DEL ESTADO
El deterioro del estado dominicano es un fenómeno que hay que enmarcar dentro de la crisis política de los estados latinoamericanos, tradicionalmente malos administradores e ineficientes en su papel de proveedores de los servicios básicos que demandan sociedades sumidas en la pobreza, pero que pagan por dichos servicios, mediante sus respectivos regímenes impositivos. La crisis política de los estados latinoamericanos proviene básicamente de la frustración que sobrevino después de la famosa ola democratizadora post Guerra Fría, que tantas expectativas creo, pero que no se tradujo en bienestar social en favor de los 200 millones de pobres en todo el continente.
Esta frustración trajo de la mano a los llamados fenómenos anti políticos que en la mayoría de los casos fueron frustratorios también para el gran conglomerado.
El deterioro del Estado y la anomia han traído de la mano la desesperanza y la crisis de los llamados partidos políticos del sistema. Partidos que necesita la democracia como articulación de la esperanza de nuestros pueblos.
En la República Dominicana estos mismos factores han marcado el fracaso de la Cuarta República. República recostada en un Estado débil y calamitoso, sobre todo en su papel regulador y de referente moral para toda la sociedad.
El Estado Dominicano debilitado por el desfase y el deterioro histórico de su patrón de origen, el Estado Trujillista, envejecido, roído, sobrepasado, destemplado, estirado en el tiempo, frente a las nuevas realidades, remendado con malos parches para que pudiese a duras penas rememorar lo que en una época fue eficiente, está ahora deteriorado y débil en su funcionalidad y sobre todo, en su papel de regulador.
El Estado está sitiado en su soberanía, sin la cual no se explica, por el llamado “Nuevo Orden” y sus requerimientos de un Estado pequeño, endeudado, fiscalista, apenas perceptible en su autoridad y el patrón ese del libre comercio que solo favorece a los países más ricos.
Estamos hablando de un Estado sobrepasado en sus posibilidades por el sector privado que de muchas formas le impone las normas de sus intereses. Un estado sitiado por las improntas de los poderes facticos. Un Estado que ha perdido el control de su propia autoridad. Un Estado que ha entregado voluntariamente su soberanía, mediatizándola hasta desnaturalizarla. Un Estado que no procura el interés colectivo, dejando de representar en sí mismo el interés nacional al que debe de estar consagrado.
DEL ESTADO ANOMICO A LA QUINTA REPUBLICA
El pueblo dominicano, a todo lo largo de su historia, ha tenido que vencer enormes dificultades, que se repiten y se repiten, como si la suerte de su existencia fuera el conflicto; como si el hado que ha conducido sus pasos tuviera una morbosa inclinación por los tropiezos y las confrontaciones permanentes.
Con el riesgo de exhibir una visión fatalista, pero sin la culpabilidad de los pesimistas, aclaro que, más allá de las percepciones que desencadenen estas palabras, no quiero agotar la paciencia del lector, con la enumeración de nuestros problemas nacionales, que son los que motivan este llamado a la reflexión.
Debo introducir estas anotaciones con una expresión de fe en los destinos nacionales, ya que la dominicanidad, caída tantas veces en la vorágine, amenazada por las agresiones de las potencias y el despropósito de algunos dominicanos, ha sabido siempre levantarse, para permanecer siendo lo que somos, venciendo la adversidad, en medio de la pobreza.
Eso quiere decir que hemos subsistido como pueblo, en contra de las apuestas de la lógica, haciendo de “tripas corazón”, a “manos peladas”, cuando se desborda nuestra tolerancia, cansados de posponer ese milagro que esperamos sin mucho apuro, entreteniendo el hambre y la desgracia con “cuentos de camino”. No porque aceptamos por cultura cualquier cosa, sino porque estamos acostumbrados a no estar bien, a embullarnos con disparates, a patalear con la soga al cuello. No nos gusta prevenir. Somos adictos a las sorpresas y a los derrumbes.
Somos un pueblo valiente y resistente, pero también somos demasiado tolerantes y el rosario de dificultades que hemos afrontado ha arraigado en nosotros esa mala costumbre. Tenemos el “cuero duro” por el sufrimiento secular.
En el fondo, creemos en las posibilidades de nuestras miserias, nos “embullamos” con “cualquier cosita” y hemos hecho de la “casualidad, la chepa y el milagro”, una forma heroica de subsistencia. Por eso, hacemos invocación a nuestra voluntad, para convencernos de que nuestros problemas tienen solución y de que si se puede construir una nueva república donde no se repitan los errores que determinaron el fracaso de las demás.
Yo no creo que la enumeración de nuestros dilemas le haga algún favor al ejercicio político. En nada contribuye decirle a la gente lo que está padeciendo en carne propia. Creo que el mero hecho de tratar de sacarle algún beneficio a la desesperación de la población, es un irrespeto imperdonable.
Tampoco pretendemos que se calle ante los desmanes o se guarde silencio ante desafueros e inconductas. El deber del político, al margen del artificio de la demagogia, es ofrecerles a las grandes mayorías opciones para solucionar sus penurias.
La desgracia del actual sistema político es que la falta de ideologías y el hedonismo creciente lo han despojado de la posibilidad de la creación de ideas y le han puesto precio a la actividad, a manera de mercado vergonzante.
Pienso que, para plantear soluciones, hay que identificar sus causas; para atacar el mal, no sólo por aquello de que hay que tomar el “toro por los cuernos”, sino para hacerle honor a aquella sentencia latina de “felices aquellos que conocen las causas de las cosas”, porque solo conociéndolas se puede orientar y guiar, para servir a los demás, que es uno de los deberes principales de los políticos.
Los “lideres” criollos parecen seguir un especie de guión mediocre, donde solo las poses, el “foto show”, el discurso aprendido, la palabra vacía y los estereotipos, son importantes para dirigentes que no dirigen, conductores que no conducen, orientadores desorientados, timoneles, timoneados por sus ambiciones. Estamos sumidos en la politiquería de los enunciados, dominados por la ausencia de la articulación de ideas y la falta de conceptualización.
Por eso, hay ese compromiso con el disparate, esa inclinación de “dar palos a ciegas”, poniéndose a inventar “pendejadas”, para sacarle provecho al desastre.
De ahí, que haga hincapié en mi tesis sobre la debilidad del Estado y sus consecuencias, de estar sumidos en un “Estado Anómico” del que hay que salir antes de que toquemos fondo.
Aunque el término luce novedoso, el fenómeno como patología social no sólo no es nuevo, sino que repitiéndose como parte de nuestra tragedia, ha sido también elemento desencadenante de grandes acontecimientos de nuestro devenir histórico.
La anomia del periodo llamado de La España Boba, produjo consecuencias imprevisibles para el pueblo dominicano. La ominosa anomia del régimen haitiano, llevó a los dominicanos a la revolución que produjo la Independencia y la emersión del estado soberano que dio inicio a la Primera República.
La anomia de la llamada Era de España, después de la traición y el desastre de la Anexión, produjo la Guerra Restauradora y dio origen a la Segunda República, que infestada por la anomia también, tras la inviabilidad de las instituciones y la desgracia de las luchas intestinas, nos conduciría luego a la pérdida de la soberanía en 1916.
La anomia ha sido factor desencadenante que nos ha llevado cíclicamente al caos y posteriormente a la regeneración nacional como respuesta dramática de una persistente voluntad nacional.
Hoy la nación vive, ciertamente, una de esas crisis de las tantas que han amenazado con llevarnos al colapso. Si bien esta es parecida a otras que hemos sufrido, guarda peligrosas peculiaridades, que exigen de nosotros, una postura decidida para enfrentarla. Porque a diferencia de otras, la crisis amenaza al elemento que hizo posible en el pasado el milagro de la nacionalidad.
La nación, según Renan, es un plebiscito cotidiano”, y la fuerza de cohesión que hace posible esa consulta diaria son esas creencias comunes que nos mantienen unidos.
Son precisamente esas creencias las que en este momento están en peligro, agredidas por las corrientes neoliberales, la parte envenenada de la mundialización, la corrupción, el narcotráfico, el hedonismo y la debilidad del Estado en todos sus aspectos. No solo, en su papel regulador, dirección, concertación, conciliación, o arbitraje, sino en la obligatoriedad de ser un referente moral indispensable, para organizar la vida en sociedad, proporcionar la seguridad de los ciudadanos, cumplir y hacer cumplir las leyes vigentes.
El problema actual es que el Estado no cumple con su papel, por su debilidad estructural. El Estado está débil, está fallido, está “fuñido”, y ha llegado a esta situación, no de manera fortuita, sino porque ha sido llevado a esto en la medida que se han menguado sus atributos.
El Estado está sitiado, no puede defenderse, ni mucho menos defendernos. En virtud de ello, estamos observando con alarma los indicios de lo que se llama “Estado Anómico”, en medio de una “sociedad anómica”, plagada de instituciones y organizaciones anómicas.
La situación sugiere inestabilidad política, conflictos, pugnas de intereses, choques de sectores, altos índices de violencia y delincuencia, miseria creciente, un desacuerdo grave en la sociedad, que denuncia la anomia, que no es otra cosa que la ruptura de las normas sociales.
Lo que la palabra significa es ausencia de normas, porque el Estado, débil, no las cumple ni las hace cumplir. El término alude a la ausencia de un orden normativo sólido, creíble y eficaz, que debe ser compartido por la mayoría de los miembros de la sociedad.
Esta situación nos habla de la incapacidad de la estructura social de proveer a los individuos oportunidades razonables. En ese mismo sentido, la anomia, que es un desacuerdo fundamental de la sociedad, supone lo que aquí está “a la orden del día”: una tremenda desorganización moral, porque no hay orden normativo, con la suficiente autoridad para sentar confianza, creando las condiciones para que el interés particular se vincule con el interés general.
Eso hace que el individuo no se sienta parte del conglomerado. Donde no hay “orden normativo”, compartido por la mayoría de los componentes de la sociedad, la anomia se expresa como “desorganización moral”.
La falta de estos valores, produce la “desinstitucionalización” de los medios, lo que impide alcanzar en buena lid cualquier meta deseada.
Es una lucha feroz y depredadora, una suerte de “sálvese quien pueda” y de “todos contra todos”. Hay una disociación entre los objetivos comunes de la sociedad y el acceso de los sectores a los medios de producción.
Para explicar el desencaje moral, evidente en la sociedad, no nos vamos a referir a la moral eufemística de los puritanos, rayana en esa chismografía picante tan presente en nuestra realidad cultural. Hacemos alusión a la certeza que tenemos de que: “Nuestra fe se ha quebrantado, la tradición ha perdido parte de su imperio, el juicio individual se ha emancipado del juicio colectivo. El particularismo, el ventajismo, la insolidaridad, han ganado la partida”.
Considero simplistas los razonamientos de los que quieren ver la crisis sólo desde el punto de vista económico, restándole comprensión al problema.
Algunos neoliberales quieren que lo veamos solo así, para justificar sus fórmulas, sin reparar que al orden económico, injusto para las mayorías, y a la pobreza creciente, hay que sumarle la precariedad del orden institucional, el escepticismo, la polarización y una desconfianza que hace que todas las instituciones y organizaciones, “estén bajo sospecha”.
Hay una especie de resignación, una percepción perniciosa y arraigada de que la sociedad está guiada por la corrupción, de que todo está perdido, de que no vale la pena ningún esfuerzo.
Son típicos de la anomia el conformismo, el ritualismo, la apatía y el desencanto. De ahí, que la anomia suponga, esa crisis moral de la que hablamos.
La ausencia de la regulación, codificada en las normas sociales, hace obsoleta la opción de la solidaridad institucional y de la solidaridad social. Desaparece el orden normativo, no hay incentivos, ni hay igualdad de oportunidades. El desbarajuste de las instituciones, su incapacidad demostrada y la desconfianza de la población hacia sus élites, denuncian el mal que nos arropa, donde podría naufragar el orden jurídico, porque los propios partidos, en eterna rebatiña, contribuyen al descrédito del sistema democrático.
La desconfianza, más que un síntoma de anomia, es ingrediente de la crisis moral que la produce y la reproduce en todos los sectores de la vida nacional.
El Estado, no actúa como tal, pues carece de autoridad y eficacia para su función de ordenar la vida social.
Es por eso que tenemos un sistema de salud Anómico, un sistema educativo Anómico, una economía de mercado anómica, partidos amónicos y políticos Anómicos.La situación es disolutoria porque atenta contra la cohesión nacional. Porque hay que comprender que el orden social sólo se mantiene mientras hay un fundamento común, un sistema de creencias comunes, compartidas por las mayorías.
En la República Dominicana esas creencias están en crisis y, por lo tanto, hay una pérdida también de identidad común.
Hay un desfase, un desajuste, una profunda brecha entre el orden formal y el orden informal, que guía las prácticas cotidianas, estructurando una especie de orden dual. Lo que estoy diciendo es, que existe un orden alterno, otro camino, un atajo.
La crisis de la debilidad del Estado Dominicano, es una crisis estructural. Eso quiere decir, que el Estado, en vez de ser referente normativo eficaz, es una fuente de incertidumbre para la población.
Parte del problema radica en que, presa de una nostalgia autocrática, en la puerta del caos, algunos son capaces de añorar truculencias y estar dispuestos a cambiar nuestra libertad por cierto grado de “orden” y “seguridad”, y esto es peligroso, aunque debemos decir que el Estado está más débil de lo que estamos dispuestos aceptar. Que es incapaz de dar los servicios indispensables a la población.
Más allá de las gestiones de los gobiernos y los esfuerzos que se han hecho, estamos frente a un Estado incompetente, mal administrador, descreído de sí mismo, desposeído de su fuerza para articular sus facultades.
Increíblemente estamos frente a un estado que conspira contra sí mismo. Un estado subversivo, que interviene con frecuencia en la violación del orden jurídico, cuando se supone que debe ofrecer seguridad y certidumbre, proveer al ciudadano de un marco estable de reglas que sirvan para orientar y guiar en toda circunstancia.
El desarrollo es imposible sin un estado de derecho eficaz, con autoridad y reglas claras.
Pero hoy toda la actividad política gira en torno a cambiar los personajes y las figuras, para seguir en lo mismo, sin reparar que “la fiebre sí está en la sabana” y que todos los que llegan se arropan con ella, bajo la sentencia del “quítate tú para ponerme yo”.
Desesperado, al ciudadano solo le importa cambiar, salir del que está, salir del lisio, saltar al vació, experimentar sin reflexionar. El ciudadano no sabe a qué a tenerse, atrapado entre los poderes legítimos o los llamados poderes fácticos, cada vez más beligerantes y desafiantes.
Vivimos atrapados entre dos aguas, y como lo fáctico parece tener mayor viabilidad que el Estado, el orden social se está reproduciendo al margen de la legalidad. El hecho de que los gobiernos tengan que buscar fuera de sus propias instituciones mediadores ajenos a su legitimidad, denuncia su postración. La debilidad institucional, obliga a que toda la sociedad funcione entre las dos aguas aludidas.
Como decía de su país, Colombia, el gran líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, aquí existen dos países: “El país legal y el país real”, o como afirmaba el poeta Octavio Paz, en el sentido de que en México existía una “Mentira Constitucional”.
En esta situación, el estado de derecho es una simple aspiración de las élites pensantes, y el aparato administrativo del Estado funciona plagado de ineficiencia.
Esto se desborda al sector público, porque hay poco sentido de la responsabilidad, pero tampoco la hay de parte de la ciudadanía, y no se puede esperar que el orden institucional funcione si no hay ciudadanos consientes de sus derechos y deberes.
La debilidad del estado se come la eficiencia y las buenas intenciones de los gobiernos y sus Presidentes y, por lo tanto sin importar inteligencias, aciertos y carismas, la erosión de la gestión se traga sus prestigios.
De todas maneras, en la compresión de la crisis está cimentada la posibilidad de la regeneración nacional, partiendo de que existe el problema como resultado del desmoronamiento de los vínculos tradicionales y la carencia acentuada de creencias y aspiraciones compartidas capaces de hacerle frente a la agresión de las corrientes neoliberales y globalizadoras, que han creado instituciones modernas, pero incapaces de producir formas de vinculación orgánica compensatorias.
Existen como se ha dicho, en nuestro ámbito dos países que subsisten en una misma realidad nacional. Un país minoritario, inserto en las excelencias y facilidades del mundo moderno y otro país mayoritario, marginal y subdesarrollado, sumido en la rusticidad y miserias de la primera ola. En el centro, un Estado que no puede cerrar la brecha, que no puede redimir las mayorías ni conducirlo hacia el mundo moderno.
Se trata de que el nuevo liderazgo “emergente” de América, preconizador de la “anti-política”, no ha podido recuperar la autoridad, no le ha dado contenido a la representación reclamada, ni ha podido establecer el orden.
Lo que ha proliferado es un discurso político plástico, cargado de aires tecnocráticos, atrapado en una retórica autoritaria; tonos académicos, tan propios en su forma de la retórica neoliberal.
El obstáculo para la solución que domina el discurso político del nuevo milenio, es la ilusión de que un estado mínimo y el mercado global son la respuesta para cohesión social necesaria.
La anomia de hoy, según los entendidos, nos refiere a la frustración que produjo la ola “democratizadora”, después de pasada la “guerra fría”. La desconfianza, la crisis moral, está vinculada con el trauma que se produjo a raíz de esta situación y al hecho de que el nuevo estado de cosas no le dio solución a los problemas fundamentales de la población.
La pretendida democracia ofertó un nuevo acuerdo social, que aseguraba “participación, derechos civiles, repartición justa de las riquezas y legalidad”.
La transición, por ejemplo, en la República Dominicana, bajo esas mismas premisas, solo se concretó en un reparto de la autocracia trujillista entre los poderes fácticos relegados y mantenidos a raya por esa recia dictadura neo-patrimonialista, para pasar de un trujillismo personal a un trujillismo plural en su funcionalidad.
Como ocurrió en toda América, el resultado es evidente: pasamos de la esperanza a la desesperanza y el desencanto; el consenso democrático desapareció entre el fragor de las luchas contra los déspotas y la injerencia extranjera, y ahora ni los partidos, ni el estado, ni las instituciones, ni la clase política, tienen credibilidad, pero la inferencia del interés foráneo sigue aquí, más dominante que nunca.
Asistimos a decir de los tratadistas, a una desestructuración del sistema político que ni aún los buenos discursos neoliberales pueden salvar, porque no satisfacen en la práctica las demandas y aspiraciones de la población.Por eso no es raro, que por la desarticulación del sistema político, la llamada “sociedad civil”, en medio de la desconfianza y el descrédito de las instituciones, traten de crear alguna clase de orden normativo alterno como remiendo, llámese “convicción civil”, “voluntad ciudadanía”, “ánimo democrático”, “conciencia legal” o “participación ciudadana”, entre otros.
Pienso que si el Estado es un gran pacto social, en nuestro caso, ya no representa los intereses de ninguna de las partes que lo componen y, por lo tanto, estamos en la obligación de reformular el pacto.
La culpable de la anomia no es la democracia, pero no la van conjurar la dictadura, ni los regímenes anti-políticos y mucho menos esos regímenes inspirados en esas famosas “ideas abstractas sedientas de sangre”.
Desde el final de la guerra fría, como parte de la nueva política de poderes supra nacional, ante la imposibilidad de desmontar la figura del estado nación, se pusieron en jaque los estados americanos, con el fomento del llamado “nuevo orden”, la economía de mercado, las políticas de reducción del estado y de sus organismos claves, para debilitarlos.
Para ello, obligaron a la reducción de sus organismos fundamentales, los cuales eran barreras para sus fines. Las privatizaciones, en muchos casos necesarias, entregadas a la depredación de los bienes públicos, en ocasiones adquiridos por sus multinacionales y corporaciones a precio de “vaca muerta”, junto a los empréstitos y otros artificios, postraron los estados económicamente, haciéndolos más pobres.
La transición de la llamada “economía del postre” a la “economía de servicios” arruinó nuestra capacidad productiva, sin la cual ahora no podemos competir en el Tratado de Libre Comercio, que es una nueva forma de frontera.
Eso nos refiere al hecho de que el Estado fue sitiado, postrado, en su principal atributo, la soberanía nacional, sin el cual el mismo no se explica, para quedar a expensas y a merced de sus designios, ayudados y servidos por sus socios locales.
La regeneración, desde ese punto de vista, no tiene que ver con rupturas con el sistema internacional, sino con el reforzamiento de la soberanía nacional, en procura de los intereses nacionales, para poder defender a nuestras riquezas, a nuestros productores y nuestros consumidores, haciendo valer los legítimos derechos como estado soberano, pues reforzar nuestra soberanía es la única compensación ante la realidad agresiva del neoliberalismo.
Durante las cuatro repúblicas que hemos tenido, la regeneración de nuestra soberanía ha sido “ley motiv” de las mismas, y ha sido, precisamente, la pérdida de ese atributo lo que ha provocado el colapso.
En este caso, la Cuarta República vigente, con una soberanía mediatizada, no escapa a la tragedia de esos antecedentes, por lo que debemos, antes de que toquemos fondo, dar paso a una Quinta República, erigida con dignidad en virtud de los grandes valores nacionales.
Debemos regenerar el estado nacional, fortalecerlo; no hacerlo más grande en tamaño, pero sí más honorable, más moral y más honesto. Necesitamos normas e ideales. Requerimos de actitudes. Necesitamos ciudadanos con una lealtad activa a la República.
Además de poner de pie la conciencia nacional, debemos restaurar creencias comunes, reforzarlas, despertar las potencialidades que duermen en
el ciudadano común. Necesitamos de un Estado que no sienta vergüenza de ejercer la legitimidad de su soberanía.
Requerimos de un estado que se defienda y nos defienda de la emigración ilegal, del narcotráfico y sus consecuencias, de la delincuencia producida por la desigualdad social y la injusta repartición de la riqueza.
Un estado que proteja nuestras riquezas renovables y no renovables, que detenga el deterioro del medio ambiente y lo regenere. Un estado que erradique la corrupción en todas sus formas y que rescate de forma efectiva lo que este mal le ha quitado a nuestro pueblo para devolvérselo al pueblo.
Tenemos necesidad de un Estado que ponga énfasis en la educación en todos sus niveles. Un estado comprometido con la justicia. Con la salud, con la seguridad social. Un estado que fomente, proteja e incentive el empleo.
Un estado que este consciente de que la única forma de reducir la pobreza es creando riqueza, fomentando e incentivando la producción nacional. Un estado dispuesto a devolver los impuestos en beneficios a la población, siendo eficiente dando los servicios que requiere la población.
Requerimos de un estado que con su ejemplo detenga la marcha carnavalesca del hedonismo, que restaure valores y creencias, que regule acorde con la ley lo que haya que regular y beneficie a la colectividad. Que fortalezca nuestras instituciones e incentive el sector privado con reglas claras sin privilegios irritantes y sentido cabal de la justicia. Un Estado al fin a la altura de nuestras necesidades, que en vez de fomentar el conflicto los resuelva en el equilibrio, la sensatez y la equidad.
LA QUINTA REPUBLICA
Transcurridas cuatro repúblicas fallidas, tres de las cuales perdieron la soberanía nacional por la anomia de sus respectivos estados, tenemos la obligación histórica y la oportunidad de construir una Quinta República que reivindique el fracaso de las más caras y autenticas aspiraciones del pueblo dominicano.
La vocación por el desastre y los grandes derrumbes han marcado el rumbo de una sociedad que merecedora en su supervivencia mejor suerte.
La Quinta República es la que tiene que venir como resultado del gran trauma nacional de no haber podido concretizar sus aspiraciones legitimas como pueblo. La que debemos construir en la conciencia ciudadana para remediar nuestros problemas y penurias.
La Quinta República, la deseada en medio de nuestras frustraciones cotidianas, es la república que quiere usted y que quiero yo, y todos los dominicanos y dominicanas de buena voluntad. Es inevitablemente una ruptura con el fracaso y el desengaño, el conformismo, la apatía, la resignación, la tolerancia, el desdén, el particularismo, la insolidaridad y ese infortunio como destino, fabricado por la conveniencia de los enemigos del gran sueño nacional.
UN VIAJE HACIA EL FUTURO
Siendo la Quinta República un proyecto de poder para regenerar el Estado Dominicano, es también un viaje hacia el futuro que tiene como referente el pensamiento de Juan Pablo Duarte y de todos los próceres nacionales que con su palabra, acción y ejemplo han servido a la construcción de nuestra nacionalidad.
Cuando parece que hemos perdido la ruta señalada por el ideario nacional se impone volver a la fuente primaria, retornando en pensamiento al pasado, como si regresáramos allí para buscar la fuerza necesaria para emprender nuestro viaje hacia el porvenir. Debemos reencontrar las huellas de nuestros manes para seguirlas y proyectarlas hacia el futuro sin perder de vista en ningún momento la fuente originaria de donde emergieron la nación y sus atributos.
EL PENSAMIENTO REVOLUCIONARIO DE DUARTE
El pensamiento político de la Quinta República está inspirado de forma decidido en las ideas nacionalistas y revolucionarias de Juan Pablo Duarte, que con vigencia imperecedera, es y será ruta a seguir en la práctica política con miras a construir una nueva voluntad de poder en procura del gran propósito nacional. Solo el pensamiento de Duarte nos puede rescatar del desastre. Tres ejes fundamentales marcan la ruta del pensamiento de Duarte: su nacionalismo, su vocación democrática y su sentido humanista, con profundas reflexiones sociales y morales.
PROMOVER EL IDEARIO NACIONAL
La historia no se puede corregir, es un oficio de tontos tratar de hacerlo o enmendarle la plana a hechos y figuras del pasado. Para lo único que sirve la historia es como referente indispensable para construir el futuro sobre las bases convenientes de la dominicanidad. La historia como referente le da fuerzas también a la vida sin tiempo del ejemplo. Ejemplos validos que debemos seguir para mantener en nuestro tiempo y más allá, la llama viva de la dominicanidad.
América Latina y el mundo están llenos de referentes que nos sirven para el fin deseado, pero es la propia realidad nacional la que debe servir como guía contenida en el pensamiento de todos nuestros prohombres.
LA GRAN CONVOCATORIA
La Quinta República es también una gran convocatoria para agrupar y encausar en una sola dirección dominicanista hacia el poder a todo el pensamiento y todas las voluntades democráticas del país que deseen construir juntos una fuerza política a la altura de sus expectativas y aspiraciones nacionales. Como la Quinta República, como proyecto de poder no tiene inclinaciones politiqueras y electoreras no participara en ningún tipo de componenda que acondicione su naturaleza de gran proyecto de nación.
NADA DE ACUERDOS POR DEBAJO DE LA MESA
La Quinta República, proyecto de poder para regenerar el estado no hará tratos ni componendas nacionales e internacionales para alcanzar el poder ni mantenerse en el, con aquellas camarillas y sectores antinacionales y corruptos, que garantizan su postración y su decadencia, pero sobre todo, que mantienen un estado de cosas que perjudican los intereses nacionales.
EL CIUDADANO COMO ARMA
Un solo ciudadano patriota, un solo soldado de la patria, es una guerra.
Si bien es cierto que requerimos de un estado de derecho, eficiente y justo, más allá de las aspiraciones de nuestras élites de pensamiento, no es menos cierto que ese estado sobre las consideraciones retoricas, requiere de ciudadanos y ciudadanas que conozcan sus derechos y sus deberes.
La Quinta República requiere de una ciudadanía empoderada y apoderada de sus responsabilidades políticas y ciudadanas, comprometida con la nación y sus atributos. Debemos usar la ciudadanía como arma para librar la guerra contra la indiferencia y la infidencia. Articular la ciudadanía como instrumento político para combatir el despropósito, la inercia y las maquinaciones de los sectores antinacionales y antisociales.
LA ACTIVIDAD POLITICA
A diferencia de lo que estamos acostumbrados a percibir por las distorsiones de la politiquería cada vez más cara, que domina y ha dominado la vida de la nación, la política es la más noble de las actividades humanas, porque es la que más puede influir en la consecución de las aspiraciones de la colectividad.
Tal como decía Juan Pablo Duarte el Padre de la Patria: “La política no es una especulación; es la ciencia más pura y la más digna, después de la filosofía de ocupar las inteligencias nobles”.
La regeneración del Estado Dominicano exige la regeneración de la actividad política nacional, el advenimiento en la práctica de una nueva forma de hacer política y para hacerlo se requiere de una nueva clase política debidamente motivada, calificada e inspirada en el ideario nacional y comprometida con la justicia social, la honestidad, la integridad y los intereses de la República dominicana.
La nueva clase política debe ser compromisaria del fortalecimiento de una democracia que alcance los estadios de bienestar a que aspira y acreedora la comunidad nacional.
La nueva clase política regenerada debe estar compuesta por un nuevo tipo de gestor político nacionalista, debidamente motivado ideológicamente, eficiente, honesto, integro y organizativo.
LA CLASE POLITICA NACIONAL
Juan Pablo Duarte, el Padre de la Patria, aspiraba a una generación política venidera de hombres de honor, libres, fieles y perseverantes. Bosch, inspirado en esos ideales, planteaba que debido a nuestro atraso y a la debilidad del Estado, no teníamos una clase política gobernante y que por lo tanto, se requería de la formación de un partido compuesto por los miembros de una nueva clase política honesta, capaz y disciplinada, orientada a servir al Estado y que no estuviese inclinada a servirse del estado.
Afectada por la cultura autoritaria, los malos antecedentes históricos, la funcionalidad de una cultura mercantilista, la corrupción, sus consecuencias, el clientelismo y la desideologización impuesta por las corrientes neoliberales y globalizantes, el país ha incubado, ante la fractura de un estado quebrantado en su papel de referente moral, una clase política bastante distanciada de su verdadero papel.
El país requiere de una nueva clase política que norme su accionar en función de los verdaderos intereses nacionales, más allá de sus intereses particulares y hasta de los intereses grupales, sectoriales y partidarios.
Los intereses de la colectividad hacia la consecución del bien común y la satisfacción conforme en el acuerdo de los ciudadanos, son al fin y al cabo el propósito de la democracia.
Los partidos políticos como articulación del sentir ciudadano para alcanzar las aspiraciones comunes de la población, son elementos indispensables del sistema democrático y por lo tanto la Quinta República requiere como aspiración dominicanista de una regeneración de la clase política nacional y de una nueva forma de hacer política proactiva, con conciencia social y basamentada en la honestidad, la integridad, la capacidad, la buena voluntad y el compromiso con la República Dominicana, sus intereses para hacer del patriotismo una categoría desligada del panfleto y las poses de conveniencia.
LA CRISIS DE LOS PARTIDOS
Apostar contra los partidos políticos es apostar contra la democracia. El papel de los partidos es representar el interés colectivo, siendo de muchas formas delegaciones de los sectores organizados de la sociedad, ya como resultado de su entidad como categoría histórica o en su papel de mediadores entre la ciudadanía y el Estado. Como mediadores entre el estado y la sociedad, juntos deben alcanzar la meta de la estabilidad económica y el bienestar social. Los partidos son parte del capital social, los partidos por lo tanto deben generar la confianza necesaria que le permita a los ciudadanos juntarse en una organización para alcanzar sus metas. El capital social será beneficioso si su conducta es participativa y equitativa. Si la energía social agrupada en los partidos va en beneficio de todos será la expresión correcta de un sistema político adecuado. Si es secuestrada por un grupo de dirigentes para su provecho personal, si se es apropiada por ese segmento minoritario que después se convierten en funcionarios que convierten en acaparamiento individual el capital social, se presenta tarde o temprano la crisis de los partidos políticos del sistema.
Ante la crisis de la llamada partidocracia y sobre todo, a la crisis del sistema de partidos, su desideologización y el fenómeno del clientelismo, la Quinta República comprometida con la pluralidad que demanda el sistema democrático, embarcada en el proyecto de regeneración del Estado, aspira a la regeneración de los partidos políticos para que sean verdaderos instrumentos de la voluntad nacional. Estamos hablando más que de una democracia participativa de una democracia protagónica donde el verdadero protagonismo lo debe de tener el pueblo. Ha sido la apropiación individual del capital social de los partidos mediante el clientelismo lo que ha provocado la perversidad de la partidocracia.
Los partidos deben servir ante todo al interés nacional y al compromiso de servir a la nación y sus atributos de acuerdo a como lo vio sentencioso el pensamiento Duartiano, fuente inagotable de inspiración normativa de los partidos y de la actividad política. “Todo pensamiento de mejora en que el sentimiento nacional se postergara a la conveniencia de partidos, debía siempre reprobarse, porque puesto en ejecución constituía delito de lesa patria”.
Los partidos no están relacionados necesariamente con la maldad de sus dirigentes, sino con la acción social del clientelismo que desnaturaliza la gestión fundamental de la dirigencia que es conducir y orientar.
EL CLIENTELISMO
Tenemos que dejar de ser clientes del despropósito.
Una cultura política distorsionada por nuestra accidentada vida histórica ha sembrado en una parte importante de nuestra sociedad, la percepción de que los partidos políticos son la suma de todos los males, tipificando el clientelismo como el perjuicio político por excelencia.
El clientelismo más que un mal de los partidos, según un reciente estudio destinado a medir el grado de clientelismo en nuestra sociedad, arrojo que todos de alguna forma y en grados diferentes somos clientelistas, esta modalidad es parte integral de esa parte de la cultura social que hay que desterrar de nuestra sociedad y que se encuentra arraigada en nuestro medio de forma generalizada, por cuanto se entiende que el clientelismo no es otra cosa que el intercambio de apoyo y adhesión por favores y facilidades de cualquier tipo.
El clientelismo por lo tanto es el factor principal del desprestigio del sistema político, ya que el capital social, secuestrado por la insignificante minoría de dirigentes políticos que se convierten en funcionarios, no reparten ese capital en base a meritos, calificaciones y cualificaciones, sino que asisten a la repartidera vergonzosa del botín gubernamental en base a una escala de valores totalmente descabellada.
EN BUSCA DE LA VERDADERA DEMOCRACIA.
El accionar político de la quinta república, persigue como meta, alcanzar la democracia plena en la República Dominicana. Estamos hablando de la democracia como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. No esa democracia contenida en el logro de votar cada cuatro años, resumida en la parodia de votar, callar y ver la tele, porque es obvio que para la clase política tradicional nuestra democracia es esencialmente electoral y lo que es peor electorera, y por lo tanto, recipiente de los intereses y la manipulación de los medios de comunicación que les sirven.
En otras palabras esta concepción demuestra que lejos de ser participativa estamos frente a una democracia representativa de los intereses a que hacemos alusión. Por eso se ha hablado de que este modelo gran sarcasmo del neoliberalismo es la democracia de los pocos, con los pocos y para los pocos.
La democracia a la que aspiramos es la de la integración de la democracia económica, la democracia política, la democracia social y la democracia cultural. La síntesis de una democracia popular igualitaria y participativa. No aquella que preconizaba el liberalismo que prometía una igualdad abstracta con una desigualdad real o la del capitalismo más agresivo que se asienta en la desigualdad creciente y galopante.
Nuestra democracia se deterioro más en la medida que el estado fue perdiendo paulatinamente el control de las fuerzas económicas tras las famosas privatizaciones.
Nuestra democracia entro en crisis en la medida en que los grupos económicos a falta de regulación obtuvieron mayor libertad de movimiento como si el papel del estado consistiera en mantener tranquila a la población para que las empresas y las instituciones financieras pudieran garantizar sus ganancias sin problemas.
Desde hace tiempo la democracia como la conocemos hoy en nuestro país no trasciende los contornos de una teoría vacía de contenido social real, sencillamente porque los grupos económicos tarde o temprano imponen su voluntad al estado y no pocas veces aliadas o subordinadas a los grupos económicos multinacionales.
En ese mismo sentido de una o de otra manera los partidos políticos tradicionales se han convertido con su programa de gobierno en elementos de divulgación de la ideología neoliberal.
La razón primordial por lo que el estado dominicano ha perdido el atributo de la soberanía es porque la democracia perdió su contenido porque el estado ha perdido su autonomía.
La acción de la ciudadanía se ha ido evaporando tras la ilusión de la gran fábrica de la diversión del sistema económico neoliberal.
La gente se olvida de sus derechos y deberes ciudadanos, porque están narcotizados con la diversión y el consumismo que distorsionan y esconden la realidad de la pobreza y de la dependencia.
Por lo tanto hemos entrado en un estado de resignación perniciosa y apatía porque se divulga de forma sistemática para convencer a las mayorías de que todo está perdido, que no hay nada que se pueda hacer y que ante la falta de opciones y la globalización, el sistema actual es la única posibilidad como si no tuviéramos opción.
Así como el estado de derecho es una aspiración de las elites de pensamiento, la constitución sigue en el papel y no tiene la menor importancia ya sea porque no se crean leyes para su aplicación o en el peor de los casos son leyes vírgenes.
Las organizaciones políticas se entrenan para repetir todas los mismos lenguajes como si se los dictaran los poderes económicos ultra nacionales, mientras los procesos electorales se traducen en decepciones y frustraciones.
"Amartya Sen define el desarrollo como la expansión de las libertades reales de las que dispone una persona para hacer y ser lo que valora en la vida. El desarrollo es por tanto un proceso de liberación desde una situación de privaciones. Una persona sin educación, sin salud, desnutrida y sin empleo no puede elegir ni tiene opciones en la vida."
"...quienes se desarrollan son las personas, no las cosas ni la macroeconomía ni la modernidad."
"No hay razones para suponer que las instituciones políticas y las relaciones de poder vayan a cambiar de manera espontánea. Si la sociedad no se organiza, se empodera, se moviliza y reestructura las relaciones de poder no habrá desarrollo humano, porque el desarrollo humano es una cuestión de poder."
"En el largo plazo, el estilo de crecimieno económico y de ordenamiento institucional en la República Dominicana crea riqueza reproduciendo miseria."
"La democracia está capturada por prácticas clientelistas que en nada favorecen al desarollo humano."
"La descentralización sin capacidades, sin empoderamiento ni participación social, reproduce el clientelismo y el caciquismo, mientras que el empoderamiento sin descentralización crea frustración, conduce a la individualización de las demanadas sociales y, en ocasiones al caos social."
"El Estado dominicano no sabe cuánto gasta en los municipios y provincias del país."
"El gasto médico en salud es bajo en términos per cápita y territorialmente desbalanceado y hay poco control sobre el sector privado."
"Las infraestructuras y el personal médico del país son suficientes para atender las necesidades de salud; los problemas son de capacidad de gestión."
" ...el Estado es el garante del acceso a la educación. Esa responsabilidad la puede ejercer en su función de proveedor directo o regulando al sector privado. En ambas funciones, el Estado dominicano ha sido deficiente, lo que ha convertido al sistema educativo en profundamente inequitativo y reproductor del orden de exclusión social."
"La política educativa dominicana ha estado desproporcionalmente concentrada en la expansión de la cobertura y ha descuidado los aspectos de calidad y eficiencia."
"El mecanismo de mercado no asegura equidad ni desarrollo. Es el Estado quien debe intervenir para garantizar equidad en las oportunidades, a través de los sistemas de protección y asistencia social."
"En general, las condiciones de vida en las provincias turísticas están por debajo de la media nacional."
"Las ciudades crecen en forma desordenada, sin planificación, sin deslindes, en forma segmentada, sin servicios públicos, peligrosas e incómodas."
"En el Distrito Nacional: En los últimos 40 años, dos gobernantes han influido de manera determinante en el diseño de la ciudad, asociando el progreso a las cosas y no a las mejorías en las condiciones de su gente, sin establecer vínculos con los gobiernos locales, sin planificación urbana y en el marco de una cultura política de grandes construcciones, pero sin los servicios adecuados."
"El 66% de la población vive cerca de una fuente de contaminación ambientales. "
"La Huella Ecólogica de la República Dominicana implica que se requiere el doble del territorio que se dispone"